Por: Adalberto Agudelo Duque

Como se dijo en otros trabajos, los pueblos de Caldas prosperaron a la sombra del aislamiento. Interesante paradoja, cada villa, parroquia, fundación, pueblo, desarrolló una economía, una cultura, una idiosincrasia distintiva, irrepetible. Incluso el habla, la jerga. No es lo mismo caratejo que niguatero. ¿Qué hace posible que una expresión cultural como la pintura, la poesía, la narrativa sea más fuerte, más trascendente que otra, más poderosa en una región que en otra? En el caso de Neira es evidente la presencia de la pintura, el teatro, el humanismo, la poesía. David Manzur es el más universal de los pintores de aquí. Aunque alguno niegue su origen, el Motoa y las Grisales trascendieron el patio de la casa en las tablas y la T.V… Joaquín Ospina Vallejo nació en Salamina pero se hizo en Neira y fue considerado, en su tiempo, como uno de los siete sabios de Colombia. En poesía, la figura monumental, continental diría, de Maruja Vieira lo dice todo.

Este pequeño preámbulo apunta a reafirmar las líneas de continuidad en el tiempo y en la poesía pues algo hay de resonancia entre Maruja Vieira y Teresa González. Incomparables en formas, contenidos y técnicas se puede afirmar que Teresa tiende un puente de continuidad en la tradición poética del pueblo que la vió nacer, crecer de cuerpo, alma y espíritu y madurar al ritmo de hambres, guerras, soledades, miserias, injusticias y miedos, al menos éstas, las más notorias de sus obsesiones en los textos.

Teresa, entiende la poesía como sensibilidad, como percepción y como intuición, tres palabras para designar ese relámpago que ilumina las neuronas y dispara la máquina del verso. Y entonces, viaja hacia el verde camino de los sueños o descubre el contraste –el caos– entre la ciudad y la pacedumbre del campo: Autos, desconocidos que pasan al lado, ausencias y la voz callada de la selva, el rítmico silbido del viento, sol, nube, lluvia, aire, agua, noche, bosque, flor, tierra, alba, árboles, cielo, río, vuelo, pájaros… Y escucha la risa de las rocas, o canta con la cigarra el terror de la guerra –línea-verso– que nos sirve de excusa para descubrir el profundo contenido social de su poética: El hambre, la desesperanza, el poder de los ricos, el silencio de los pobres, huellas de odios y cuchillos en las calles, la asfixia del cemento de los ciudadanos en el planeta.

No se trata solamente de sensibilidad, percepción o intuición. Teresa González, resuelve la poesía como una sola obsesión: La vida es un viaje, un pasaje que se redime –se gasta– por amor y en el amor. En ese sentido, todo momento es una estación de paso, incluso el erotismo, las sensaciones, la consciencia del otro y de su cuerpo como bienaventuranza: Contigo el viaje se hace más corto, más empinado cuanto más me alejo. Ese pinchazo doloroso se convierte en tierna caricia si me miras. Cada día emprendo vuelos divinos, invisibles hacia tu materia. Al llegar avanzo en aluviones a tu carne, a tus dientes, a tus ojos. Te tomo y te incluyo en mis huesos y me ahogo en ese río que transita como un dios en mis arterias.

En tanto descubre la estación del amor y sus contingencias eróticas. Nota, descubre, intuye que el único y desapacible destino es la muerte y lo expresa en líneas memorables, definitorias :Desnudez cansada, recuerdos dibujados, abismo al que todos transitamos apurados, himno que se escucha en cualquier parte, migración a la eternidad, ternura que se parece a la piel fría, río de sangre que camina en avalanchas. Y concluye: la vida es una verdad con la mentira adentro. La vida y la muerte caminan de la mano por el mismo sendero.

En este largo camino de la poesía, Teresa González, construye puentes entre conceptos contrarios: Vida y muerte; recuerdo y olvido, esperanza y desesperanza; amor y desamor; campo y ciudad. Y en cada estación de paso enhebra textos como aforismos: ” Vejez: Pedacitos de muerte van caminando por tu rostro” Por eso los títulos: Viajera del amor, de la vida y de la muerte. Viajera universal, Arden las venas de mujer. Tres textos para entender y disfrutar.