La ética y el periodismo son dos materias que siempre deben ir de la mano, Javier Darío Restrepo comprendió bien esta misión y por eso se convirtió en el máximo referente de la ética periodística en el contexto colombiano y latinoamericano. Su biblioteca es, tal vez, la memoria más grande de los saberes de este quijote de la lectura; el placer de inmiscuir en ella, denota conocer al maestro y aprender de su mano.

Por: Gustavo Montes Arias/ Periodista

Javier Darío Restrepo, nació en Jericó, Antioquia, en 1932; fue periodista, escritor, catedrático, esposo, padre, abuelo y amigo ejemplar. Por la década del cincuenta, cuando se encontraba en su formación para el sacerdocio, tuvo su primer acercamiento con el mundo del periodismo. Se dedicó a escribir los sucesos más importantes del seminario donde se preparaba para prestar los servicios clericales y terminó por darse cuenta, como lo escribió alguna vez Alberto Salcedo Ramos, en la revista Semana, de que era “un reportero con sotana”.

Aprendizajes, enseñanzas, galardones, insignias y reconocimientos, hacen parte de la larga hoja de vida este maestro del periodismo. Si el poeta Jorge Robledo Ortiz, también antioqueño, tuviera que hablar acerca de la formación y servicios que Javier Darío Restrepo le prestó a Colombia, escribiría que “su hoja de servicios tenía más estrellas que una noche del Cauca”. Luego de diecisiete años en un camino religioso que parecía bien definido, decidió pasarse a otro renglón profesional que se le convirtió en la vida y al que le dedicó el mayor espacio hasta el momento de su partida el seis de octubre del año 2019, a sus 86 años de edad.

Un hombre hecho para la eternidad

El maestro Javier Darío, se formó a punta de lectura y escritura; de contar la historia, verificar las fuentes, confrontar la información y crear discusiones en torno a las situaciones e ideas, pero no a las personas, para evitar controversias.

Durante muchos años su tinta y estilo fueron conocidos y reconocidos en diferentes medios y lugares, por distintas personas a nivel nacional e internacional. Fue maestro de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), director del Consultorio Ético de esta misma organización, creada en 1995 por Gabriel García Márquez. En los periódicos El Tiempo y El Colombiano prestó sus servicios como defensor del lector; fue catedrático de la Universidad de Los Andes y también muchos estudiantes de la Universidad Javeriana lo recuerdan con especial cariño.

Los lectores de los diarios El Tiempo y El Espectador, de Bogotá; El Colombiano, de Medellín, y El Heraldo, de Barranquilla, disfrutaron de la genialidad de Javier Darío como columnista en múltiples ediciones. Además, tuvo en sus manos la dirección de la revista Vida Nueva Colombia, donde dejó rebozar la humanidad y aprendizajes adquiridos en el seminario durante su juventud. Veintidós libros publicados hacen parte también de su hoja de vida; la ética, el periodismo y hasta la narrativa del maestro, han inmiscuido de manera especial y cariñosa en la biblioteca de muchas personas alrededor del mundo.

Lógicamente, una formación y ejercicio humano y profesional tan amplio, le hicieron merecedor de múltiples reconocimientos en distintas ocasiones; como el Premio de Periodismo Simón Bolívar, el premio del Círculo de Periodistas de Bogotá, el Premio Germán Arciniegas de la editorial Planeta, entre muchos otros galardones de organizaciones y entidades de diferente naturaleza, centros de estudio y universidades. El papel se queda corto para dar detalle de cada una de las proezas que convirtieron a Javier Darío en un profesional para la eternidad de la memoria. Su biblioteca, como legado posterior a su muerte, es la prueba tangible de todo el conocimiento que tuvo y compartió.

La alegría de conocer al maestro

Cuando terminaba mi primer semestre de Comunicación Social-Periodismo, recibí una llamada que me cambió la vida. Al otro lado de la línea, Ángela Téllez, mi profesora de redacción y antigua estudiante de Javier Darío Restrepo, me peguntaba con alegría si quería hacer parte del equipo que levantaría el inventario de la biblioteca personal del maestro. No titubeé en aceptar la invitación y aunque eran someros los conocimientos que tenía acerca de él por algunos temas estudiados en clase, luego de febrero de 2020 quedé conociéndolo y tomé parte de sus enseñanzas para convertirlas en filosofía de vida, tal y como debería hacerlo cada persona que ama la profesión con su corazón y la convierte en la vida misma.

Durante cinco semanas, en compañía de Téllez, Juan Pablo Dueñas y Jair Galeano, asistí con devoción a la casa de Javier Darío para buscar tesoros en su biblioteca. Los días enteros se iban con solo pestañear; entre libros, notas, apuntes, memorias, recuerdos y la cordialidad de María José, Gloria y Emilio, sus hijas y nieto, disfrutamos de una de las experiencias más bellas de la vida. Muchos autores pasaron por nuestras manos; libros de diferentes tamaños, con bellas dedicatorias y mensajes de académicos y literatos, amigos y estudiantes, destacando nombres como el de German Castro Caycedo y muchos otros que es imposible recordar con exactitud.

Alguna vez María José comentó de uno de los regaños de su padre cuando, por dejar caer un par de libros al suelo, fue reprendida con unos mapas y papeles que había a la mano porque a los libros no se les trata así. Gloria, por su parte, pensó alguna vez que era posible marcar todos los libros de su padre con el sello exlibris de un bello búho en el que resaltan las iniciales J.D.R., Javier Darío Restrepo; misión imposible, la biblioteca era tan grande y crecía con tal rapidez, que nunca se pudo terminar la clasificación.

Emilio, al igual que su madre y su tía, recordaba diferentes momentos de su proceso de formación en una biblioteca con la que aprendieron mil temas todos los integrantes de la familia y en la que se escribieron los libros que su abuelo dejó; como La nube plateada, un pequeño texto en el que logró un tratado filosófico sobre la muerte, para explicarle a su único nieto la razón de la partida de su abuela y hacer una catarsis personal, pues, según el maestro, “la muerte es un asunto demasiado grave para dejárselo a los adultos”.

Javier Darío desde diferentes miradas

Conocer la biblioteca del maestro Javier Darío Restrepo, nadar entre sus lecturas, conocimientos y reflexiones, implicó, como medida necesaria para comprender la magnitud de la labor realizada, leer su vida desde diferentes orillas. Encontramos un esposo, padre y abuelo cariñoso y esmerado; un amigo de tiempo completo con personajes como María Teresa Herrán, con quien discutía diferentes miradas del mundo, encontrando contraposiciones, pero siempre bajo el imperio de la amistad.

Pudimos ver también a un maestro bien apreciado por sus estudiantes, con un sentimiento de agradecimiento y cariño que prevalece en el tiempo. Alguna vez hallamos unos libros de formación para periodistas y Ángela Téllez, enternecida, los hojeó recordando sus clases de ética periodística en la universidad. Escudriñamos en la pasión de un reportero y periodista al servicio de la palabra y de la información recta, de carácter pedagógico.

Vimos también a un amante del Quijote de la Mancha, hábil lector de diferentes versiones de este clásico de la literatura universal; tal vez por esto, el mismo Javier Darío Restrepo se convirtió en un quijote de la lectura. Es imposible calcular con certeza cuántos miles de ejemplares de libros, enciclopedias, revistas y periódicos, encontramos en su biblioteca, eran dos cuartos y la sala de la casa atiborrados hasta el techo; pero, con seguridad, no dejó ningún texto sin leer, pues las líneas de colores subrayando aspectos importantes de cada texto, son fiel testimonio de ello. “Era una enciclopedia andante”, dijo Téllez en nuestro primer contacto con la biblioteca del maestro, y con justa razón. Su familia ratifica que los libros contienen todo lo que él sabía.

Un agradecimiento en primera persona

Sería engaño decir que no se hacían nudos en la garganta cada que los estantes tomaban una nueva forma y los libros empezaban a ser guardados en cajas con sus respectivos sellos luego de haber tomado los datos de rigor. Cierto día nos animó María José al asegurar que su papá nos veía feliz en la biblioteca porque la donación era el destino final que quería para sus apreciados libros.

Muchos sentimientos se encontraban al final de cada día en la casa y la biblioteca, más aún cuando sabíamos que sería el último día de ese bello proceso que sirvió en la formación personal, humana y profesional. A la hora de escribir este relato, que es un montón de cosas encontradas entre la memoria y el corazón, solo surge un sentido agradecimiento, en primera persona por lo que representa a nivel personal. Gracias al maestro, donde quiera que esté, y a su familia, por habernos adoptado de manera tan especial y cariñosa.

Javier Darío Restrepo, no se ha ido, está vivo en el corazón de su familia y en la memoria de cada persona a la que le llega la pronunciación rítmica, casi musical, de su nombre; en el corazón de cada periodista entregado a seguir sus enseñanzas y en cada persona que reconoce que este quijote de la lectura vivió para hacer parte de los registros más altos de la ética y el buen periodismo en Colombia y el mundo.